CORINTO EN MIS RECUERDOS
Todo inició cuando llegamos a la casa de una amiga de mi madre a quién había conocido durante su estancia en el hospital debido a su enfermedad, propia de las mujeres.
Los niños de la casa estaban muy contentos con mi hermana y conmigo, nosotras éramos las chavalas guapas, a quienes rodeaban y miraban como una novedad.
Corinto, la ciudad puerto de Nicaragua, es prácticamente una isla esta rodeada de mar, de manglares, y todo lo que es ambiente marino, además tiene su propia isla, La Isla del Cardón, dónde Rubén Darío, un día lejano, escribiera "A Margarita Debayle". En la Isla del Cardón, también se encuentra el faro que guía de noche a los barcos que vienen de Europa y otros lugares lejanos a comerciar con las ciudades del pacífico, es el más importante puerto del Pacífico de Nicaragua.
Al llegar a esta ciudad - puerto yo estaba desorientada miraba el ocaso del sol al norte, la aurora matinal al sur, todo era confuso en mi cerebro de adolescente despistada.
Los niños de la casa nos rodeaban y nos agarraban de la mano, ellos me invitaron a ir a la parte de atrás de la casa a ver una poza, me quité los zapatos para poder caminar en el lodo del manglar, llegamos al charco de agua, que era la poza, ya de regreso, los niños salieron corriendo adelantándose, yo continué el camino de regreso sola, ensimismada en mis pensamientos, de repente me percate, que ya debería haber llegado a la casa, pero esta, no estaba, solo se necesitaban cinco minutos para llegar, y ya habían pasado 10, y adelante solo miraba manglar y lodo, mis pies descalzos se hundían hasta los tobillos, estaba perdida-
Comencé a gritar pero todo era silencio, me di cuenta que si continuaba caminando me iba a extraviar más y más, así que me quedé quieta y en silencio, y observé detenidamente a mi alrededor, a lo lejos en el sentido contrario de mi camino miré algunos cocoteros, comprendí que ahí debían estar las casas, no hay cocoteros en el manglar, y cuando el silencio se profundizó pude escuchar ruidos lejanos de autos y de personas como un murmullo que nacían del silencio, decidida, hacia allá me dirigí y al cabo de unos minutos divisé personas, había llegado a una casa por la parte de atrás, las personas de la casa un poco sorprendidas, me señalaron hacia dónde estaba la casa de la señora dónde estábamos de visita, a la que caminé y a la que llegué con los pies empapados de lodo, y mi corazón contento por haber salido de ese desierto de lodo y árboles.
Y así pude de nuevo entrar a la civilización, terminando mi experiencia que creí había tardado horas, pero me di cuenta que solamente fue un cuarto de hora lo que duró mi aventura en el manglar.
Ya unas horas después todos tomábamos fresco de piña con cola rojita, sentadas en la calle en las sillas de plástico y se reían de la experiencia de la Ninfa, que apenada también se reía con su juventud radiante y esplendorosa.
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