domingo, 26 de septiembre de 2021

El Cerro Negro

 


  • Cómo vivimos la erupción del Cerro Negro en 1992.

En 1992, explotó el Cerro Negro, nosotros estábamos precisamente en la dirección por donde

el viento llevaba directamente la ceniza hacia nuestra casa, a las ocho de la noche nos

acostamos todos a dormir, pero a eso de las nueve empezó la fuerte tormenta,  todos nos

dijimos es la lluvia; gracias a Dios, dijo mi madre,  ya que todo ese año había habido una


gran sequía,  el maíz se estaba secando y pedíamos a gritos la lluvia, mi mamá se levantó a

meter la ropa que tenia secando al sol, extendió su mano desde dentro, para ver si estaba

fuerte la brisa ya que se escuchaba tronar en en zinc, pero al momento se dio cuenta que le

picaba en la mano las gotas supuestamente de lluvia:  y esta chochada; - nos dijo.- 

;Esto no es lluvia, parece tierra;, mi padre se apresuró a ver que pasaba, algunos de los

vecinos creían que era el fin del mundo, hasta que se percataron,  al salir al patio y mirar el

resplandor a lo lejos, que era el cerro; que bramaba con toda la bravura, e inclementemente

nos lanzaba nubes de arena que caía  en nuestras casas, al momento todo era un caos, solo

mi hermano que tenía un año, dormía plácidamente, mi madre y yo  nos asustamos tanto que

tomamos en brazos al niño y comenzamos a correr, hacia donde mi abuela, pensamos que de

allá podíamos huir en el tractor de mi tío, al cual le ponía un trailer grande.

Corríamos pero el niño pesaba, mi mamá me lo dio, y yo corría unos minutos con él en brazos,

y así íbamos cambiando hasta que llegamos.

Mi abuelo nos calmó. nos dijo: vamos a esperar, tal vez se calma, a la mañana siguiente una

gruesa capa de arena negra cubría el patio de la casa, parecía un desierto insólito en donde

no habían huellas humanas.  Mi hermanito estaba contento al ver tan licito y limpio el patio

parecía una gran playa de arena negra y se tiró al suelo a jugar.

Mis hermanas que estudiaban en la ciudad, llegaron a ver el desastre, al caer la tarde del día

después, la arena arreció, todo el alimento que fabricábamos y lo llevábamos a la boca tenía

arena que tronaba en los dientes, se colaba en los ojos, gracias a Dios que aún  no padecía

de asma.

Al medio día el cielo estaba oscuro y a medida que corría la tarde se llenaba de un tinte negro,

decidimos abandonar el lugar, nos fuimos juntos toda la familia pero al llegar a un gancho de

camino, dónde estaba el enigmático árbol de mora, mi padre se despidió de nosotros y se fue

para donde sus familiares, y nosotros  con mi madre para donde los de ella, fue una

despedida triste, parecía que no nos volveríamos a ver, mis hermanas abrazaron a mi papá

llorando, yo solo me quedé mirando siempre fui la más fuerte.  Dormimos todos en el suelo,

donde mi abuela, y al día siguiente partimos en el trailer de mi tío,  hacia la ciudad de León,

ahí estaríamos mejor ya que había agua potable, y en nuestra finca no y debido a la arena no

podíamos halar el agua del pozo, sin que saliera con puños de tierra.

Mi abuelo se quedó solo, cuidando la casa y soportando la miseria, con la arena en los ojos, y

en todo que le caía, tristemente en soledad, solo con la arena y el silencio, al cabo de dos días

seguía cayendo arena, pero mi madre y yo decidimos ir a verlo si seguía vivo,  a ver como

estaba todo y lo encontramos a mi abuelo barriendo el techo de la casa para que no se

desplomara con el peso de la arena, el estaba cenizo de toda la tierra que le había caído,

 pero conservaba su buen humor, se sonrió conmigo y me dijo;No te preocupes muchacha,

me dieron muchas ganas de llorar encontrarlo ahí, luchando, pero ese era mi abuelo fuerte y

siempre de buen humor, en los momentos más tristes.


Mary Caballero

Nicaragüense (1971)

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